Historia de la Imprenta en Guatemala

La Imprenta en Guatemala

Guatemala fue la cuarta ciudad del Nuevo Mundo que tuvo Imprenta. -Examen del opúsculo en que se basa la aserción de que la hubo allí hacia el año de 1640. –El Puntero, ensayo tipográfico de 1641. -Análisis de este librito. -Lo que autores antiguos y modernos han dicho acerca de la introducción de la Imprenta en Guatemala. -Disquisición respecto al dato que sobre el particular consigna el dominico fray Francisco Ximénez. -Circunstancias a que se debió el haberse introducido la Imprenta en Guatemala. -El obispo don fray Payo de Ribera. -José de Pineda Ibarra, primer impresor que ejerció su arte en aquella ciudad. -Antonio de Pineda Ibarra. -Imprenta de San Francisco. -Antonio de Velasco. -Sebastián de Arévalo. -Manuel José de Quirós. -Ignacio Jacobo de Beteta. -Cristóbal de Hincapié Meléndez. -Joaquín de Arévalo. -Antonio Sánchez Cubillas. -Juana Martínez Batres. -Ignacio Beteta. -Alejo Mariano Bracamonte. -Manuel José Arévalo. -Los grabadores. -Noticia de un libro inédito. -Bibliógrafos que se han ocupado de Guatemala.

Guatemala fue la cuarta ciudad de la América Española que logró gozar de los beneficios de la Imprenta. Sólo la tuvieron antes que ella, México, Lima y Puebla de los Angeles.

Este hecho, destinado a revestir de una fisonomía especialísima la vida del pueblo guatemalteco, haciéndole aparecer como un centro de cultura intelectual y artística infinitamente superior al de otros más poblados y más ricos de los dominios españoles de América, se debió a circunstancias meramente accidentales que debemos dar a conocer para explicar ese fenómeno.

Antes de entrar a referirlas, se hace indispensable, sin embargo, que mencionemos la afirmación hecha respecto a haber existido en Guatemala una imprenta mucho antes de la época a que venimos aludiendo, y que demos también a conocer un ensayo tipográfico anterior en cerca de veinte años a la verdadera fecha del establecimiento a firme del arte de Gutenberg en aquel país. [120]

Por lo tocante a lo primero, se ha afirmado, en efecto, que existe impreso de Guatemala de una fecha que no se señala con exactitud, pero que puede referirse a 1640. El más ligero examen de esa pieza manifiesta que no es posible atribuirle tal procedencia, siendo, en realidad, de origen peninsular. Esta circunstancia nos autoriza para descartar de la discusión la fecha en que viera la luz pública (119).

Eliminado, pues, este factor con el cual se pudiera alterar la verdadera fecha de la introducción de la Imprenta en Guatemala, nos queda que dar cuenta, antes de entrar a señalarla, del ensayo que conocemos hecho ahí y que viene, casualmente, a coincidir muy de cerca con el año que se había supuesto corresponder al impreso más antiguo anotado como procedente de aquella ciudad.

La portada de ese ensayo y su descripción son como sigue:[121]

8º-Portada -verso en blanco- 6 pp. preliminares sin fecha con el Prólogo al amigo lector. -Y con una décima de cierto amigo del autor, a quien habiéndole éste enviado el tratadito, le dio su parecer en aquella forma. -Página blanco -20 hojas foliadas de texto, y en el v. de la última unos versos para el fin del rosario que se reza en los obrajes. -Las páginas constan de 20 líneas y llevan, en el texto, en los folios el título: De la fábrica, los impares; y los pares: De la Tinta. -Carece de signaturas, pero tiene reclamos. En el comienzo de cada una de las siete advertencias en que está dividido el texto, letras capitales de un cuerpo mucho más grande que las mayúsculas de la caja. Los tipos y viñeta cabecera del comienzo del texto están toscamente fabricados, y la tinta es malísima.

Véase el facsímil de la portada.

Biblioteca Medina (6848).

Leclerc, Biblioteca América, n. 1238.

«Es este un documento curiosísimo para la tipografía americana. La fecha ha salido tan mal impresa, que los números han sido retocados con tinta, de tal modo que no podemos precisar si es realmente la de 1641. En caso afirmativo, este será, según lo que sabemos, el primer volumen impreso en Guatemala».

Copiamos del prólogo las siguientes líneas:

«Amigo: Navegar en mar que ninguno ha surcado, temeridad es, que sólo se quedó para Jasón, Príncipe de los Náuticos, cuando quiso llevarse la gloria de conquistador del vellocino de oro; en cuya navegación, con variedad de rumbos, se le ofrecieron varias borrascas, muchas tormentas y diversos trabajos. Como el caminar por senda que otro no ha pisado, arrojo es que sólo se reservó para Moisés, caudillo de Israel, huyendo de Faraón por el desierto con todo el Pueblo de Dios, en cuyo viaje se le previnieron tales malezas, espinas y contradicciones, que se entretuvo cuarenta años, sin conseguir el fin, hasta dar la vida en la cima del monte Nevo. Este arrojo y aquella temeridad es la que yo emprendo en este breve tratado de la tinta añil, o tinta anual, y de su prodigiosa fábrica, pues ninguno hasta ahora ha surcado este lago, ni caminado por esta senda, porque ninguno ha escrito de tal materia; y muy bien sé, que saliendo a público teatro este mi pequeño tratado, me amenazan, como a Jasón y a Moisés, borrascas de contradicciones, tormentas de varios pareceres, espinas y malezas de rígidas censuras, originado todo de haber en esta facultad de hacer tinta añil muchos sabios y doctores: unos que lo son y otros que lo presumen; y cada uno dará su voto, unos abonando y otros reprobando; unos poniéndole y otros quitándole; unos asintiendo a mis dictámenes y otros contradiciendo mis opiniones; de todo habrá. Tot censores quot lectores».

He aquí ahora la décima con el parecer del amigo del autor:

«Todo su punto declara,
en esta obra tan suscinta, [122]
y aunque es fábrica de tinta,
como la agua clara aclara;
solamente se repara
el que su nombre no dice:
mire no se desbautice,
que para Juan tinta sobra:
con eso al decir de su obra
que autor dice, la autorice».

Examinados con la prolijidad necesaria los números de la fecha en nuestro ejemplar, que es el mismo que tuvo Leclerc a la vista, y otro no se conoce, hemos podido persuadirnos que es la que le señala (120).

Queda, pues, así en pie la aserción que encierra la última frase suya transcrita.

De ninguna de sus páginas consta cual fuese el autor de este curiosísimo librito, ni en la Crónica de Vázquez hemos podido hallar tampoco la menor referencia al respecto; teniéndonos, pues, que limitar a decir lo que él mismo apunta en la portada de su trabajo, esto es, que era un religioso franciscano de la Provincia de Guatemala, y que a ella pertenecía en 1641. Los conocimientos que manifiesta acerca del tema de que se ha ocupado, demuestran también que debía ser doctrinero de algún pueblo de indios y que, por su ministerio, o recorría con frecuencia los obrajes de su distrito, o moraba en alguno de ellos.

Parece indudable que para dar a conocer el fruto de su experiencia y ser útil a sus feligreses se propuso circularlo tan ampliamente como fuera posible, es decir, trató de imprimirlo; pero como ni en la capital, ni menos donde entonces residía, había taller tipográfico, tomó el temperamento de suplir esa falta fabricando él mismo desde los caracteres de imprenta hasta la prensa en que debía tirar los moldes, logrando al fin salir con su intento. ¿Tuvo lugar el hecho en la ciudad de Guatemala o en alguno de los pueblos de su distrito? El pie de imprenta que lleva la portada del Puntero no nos da indicación alguna al respecto, como se habrá visto, si bien nos inclinamos a creer que no ha debido tener lugar en la capital misma, donde sin duda alguna no le habrían faltado cooperadores en los plateros u otros artífices que le permitieran realizar una obra menos tosca de lo que resultó su ensayo tipográfico.

Previas estas dos cartas e indispensables disposiciones y antes todavía de referir los antecedentes que dieron origen a la introducción de la imprenta en Guatemala, consideramos deber nuestro consignar aquí lo que otros escritores antiguos y contemporáneos han dado a conocer al respecto. [123]

La primacía en este orden, y con datos hasta ahora no superados, corresponde a fray Francisco Ximénez, quien hablando del gobernador Álvarez Rosica de Caldas dice que escribió a Su Majestad una carta «que hizo imprimir en Guatemala en la imprenta que poco antes del año de 1660, por el mes de Julio, había entrado en Guatemala, que antes no la había» (121).

García Peláez, que conoció la obra del dominico que acabamos de mencionar, copia la noticia anterior, agregando de su cosecha que la Carta de Álvarez había sido la primera pieza que se imprimió en Guatemala, y José de Pineda Ibarra el primer impresor (122).

Por lo que se verá más adelante, la aserción de este último escritor de que la Carta citada hubiese sido la primera pieza salida de la prensa de Pineda Ibarra es, a todas luces, errónea, pues nosotros describimos no menos de 21 impresos publicados allí hasta 1667, que es la fecha que lleva aquélla (123). Evidentemente, García Peláez no supo el año de la publicación de la Carta de Álvarez, que creyó ser de 1660. A no haber sido así, no habría podido conciliar el dato que tomaba de Ximénez de que la introducción de la Imprenta en Guatemala correspondía al indicado de 1660, con la fecha de aquélla, que es la de 1667.

Queda al respecto que dilucidar el sentido de la frase del escritor dominico en la parte que reza «poco antes de 1660, por el mes de julio, había entrado [la Imprenta] en Guatemala». ¿Habrá querido decirse por esas palabras que la introducción se verificó en Julio de 1659?

Don Agustín Mencos, encontrando, sin duda, ambigua la frase de nuestra referencia, expresa respecto al hecho que discutimos que «hoy día es cosa averiguada que a fines de 1659 o principios de 1660 fue cuando se estableció en la antigua capital la primera imprenta». (124)

Don Ramón A. Salazar se pronuncia resueltamente por que las palabras de Ximénez deben entenderse en el sentido de que la fecha de que tratamos no puede ser otra que la del mes de julio de 1659 (125). [124]

Para que en esta controversia podamos emitir una opinión algún tanto fundada, debemos todavía traer a cuenta lo que un autor contemporáneo del suceso, cuya fecha tratamos de determinar, dice a su respecto. Ese autor es el padre dominico fray Diego Sáenz Ovecuri, que en nota puesta al final de su poema La Thomasiada, impreso en Guatemala en 1667, dice, al hablar de la introducción de la Imprenta: «a este lugar la condujo… don fray Payo de Ribera… año de 1660» (126).

Con estos antecedentes, es tiempo de que expresemos nuestra opinión.

Interpretada la frase de Ximénez tal como se lee en el manuscrito de sus obras, Salazar tiene razón al creer que de ella se desprende que la introducción de la Imprenta se verificó en julio de 1659, «mes en que es de suponer, según sus palabras, llegó Ibarra con su familia y su imprenta a esta tierra…»

Sin embargo, cuando se medita un poco acerca de la frase de que tratamos y considerando desde luego la forma en que está redactada, es fácil caer en cuenta de que adolece de un vicio de copia o de que hubo en el original una frase agregada por el autor después de su redacción primitiva, que ha sido mal intercalada por el copista del manuscrito original. En efecto, penetrémonos un poco del pensamiento de Ximénez y veremos desde luego que el asunto que le ocupaba al redactar el pasaje de que se trata era la Carta de Álvarez dirigida al Rey, que al hablar de ella, agregó que se había impreso en Guatemala, utilizando los moldes que poco antes, -y aquí estampa el dato de la introducción de la Imprenta,- en 1660 se había introducido allí, y precisando después aún más esa fecha, añadió más tarde «por el mes de julio». Tal es, en nuestro concepto, la evolución que se operó en el espíritu del escritor al redactar el párrafo de su obra. Añadida después aquella frase, debió quedar el párrafo de esta manera: «… la imprenta que poco antes (de la redacción de la Carta de Álvarez) -y aquí debió venir la agregación «por el mes de julio de 1660»,- había entrado en Guatemala». Si otro hubiera sido su pensamiento, no pudo consignar el hecho con la redacción ambigua y hasta disparatada de referirse al mes de julio de 1659 en la forma que lo hizo.

Esta interpretación consuena, si no estamos paralogizados, con la lógica y a la vez con la verdad del hecho tomado de fuente contemporánea y perfectamente autorizada, cual es la de Sáenz Ovecuri, testigo presencial del suceso, interesadísimo en él y capaz de atribuirle la importancia que merecía [125] desde que tuvo cuidado de recordar cuál fue el primer libro que se imprimió en Guatemala y hasta el que luego le siguió.

Aviénese también con otra circunstancia que contribuirá, lo esperamos, a llevar al ánimo del lector -ya que prueba documental del hecho no la tenemos -a confirmar la tesis que sostenemos. En efecto, si Pineda Ibarra hubiera llegado a Guatemala a mediados de 1659, es evidente que, dado lo escaso de su material, no hubiese tardado mucho, como en efecto no tardó, en dar principio a sus tareas de impresor. Sería entonces cosa muy de extrañar que no hubiese aparecido hasta hoy opúsculo alguno impreso por él con la fecha de 1659.

Reunidas y pesadas todas estas circunstancias, que se avienen y completan entre sí y que demuestran que Pineda Ibarra llegó con la Imprenta a Guatemala en julio de 1660, es tiempo de que refiramos las circunstancias accidentales de que hablábamos en un principio que dieron origen a ese hecho.

En los primeros meses del año de 1653 salía a luz en Valladolid de España un libro intitulado Aclamación por el principio santo y Concepción Inmaculada de María, escrito por fray Payo de Ribera, religioso de la orden de San Agustín (127).

Las doctrinas sustentadas en esa obra revelaban de parte de su autor la fe más pura y un ascetismo extraordinario, pero, como en todos los trabajos de su índole, no faltó algún teólogo escrupuloso que notase en él algunas proposiciones dignas de reparo (128). Atendibles, o bien presentadas por lo menos, se hallarían éstas cuando el autor de la obra impugnada se creyó en el caso de rebatirlas, a cuyo propósito estuvo trabajando no menos de tres años en la redacción de su respuesta a las objeciones formuladas contra su Aclamación, hasta tenerla por fin terminada en los últimos días de 1656, y lista para la prensa, con todas las aprobaciones ordinarias, en octubre del año inmediato siguiente» (129). [126]

En ese mismo año (130) era presentado para el obispado de Guatemala y sin tardanza se puso en camino para su diócesis (131).

Hubo, pues, ante la necesidad de cumplir con los deberes que le imponía el alto cargo de que se le investía, de postergar para ocación más propicia la publicación de la obra que tenía ya lista para la prensa, y como esperaba sin duda que en América se le presentaría aquélla, partió para Guatemala llevándose el manuscrito.

Hizo el viaje por Panamá, donde le consagró (132) fray Francisco Brizeño, autor de nota también y chileno por más señas (133), y tomó por fin posesión de su diócesis el 23 de Febrero de 1659 (134). Grande debió de ser su desencanto al saber cuando llegó allí que no existía imprenta alguna en todo el distrito de su obispado. Es cierto que las había en México y en Puebla de los Ángeles; pero no valía la pena de pensar en ellas cuando en la Península podía también dar a luz su obra con menos costo y con más rapidez; pero como sin duda quería vigilar de cerca la impresión y no exponer el manuscrito a que se extraviase en tan largo viaje o a verse por lo menos en el caso de hacerlo copiar de nuevo para evitar las posibles contingencias de su pérdida, hubo de tomar el temperamento que le aconsejaban las circunstancias y se resolvió a buscar un impresor que con los elementos necesarios se transladase a Guatemala.

A ese intento habló al Presidente del reino, a los miembros del Cabildo secular y del eclesiástico y a los provinciales de las Órdenes religiosas, a fin de que cooperasen en cuanto estuviese de su parte a lograr el propósito de llevar una imprenta a la ciudad, y después que tuvo todo arreglado en un sentido favorable a sus pretensiones, despachó a México, único lugar y el más cercano de Guatemala donde se pudiese lograr lo que buscaba, a un fraile franciscano llamado fray Francisco de Borja, munido de cartas de aquellos personajes y corporaciones y del dinero necesario para que contratase y llevase al impresor que quisiera aceptar las ventajosas propuestas que estaba encargado de hacerle, y conducirlo a Guatemala con todo el material tipográfico que se considerase necesario para imprimir la obra de [127] que se trataba, que le había de asegurar desde luego trabajo para mucho tiempo.

No constan los pasos que fray Francisco de Borja diera en la capital del virreinato para el desempeño de la comisión de que estaba encargado, pero sí sabemos que produjeron pleno resultado, y que en los primeros meses de 1660, talvez en marzo, estaba allí de regreso en compañía del impresor José de Pineda Ibarra, de su familia, de su prensa y de un abundante material tipográfico (135).

Tales son, contados brevemente, los hechos que dieron ocasión al establecimiento de la Imprenta en Guatemala. La gloria íntegra de acontecimiento tan importante para la vida intelectual de aquel país corresponde así a su obispo don fray Payo de Ribera, y a ese título nos vemos en el caso de consagrar a su biografía unas cuantas líneas aunque más no sea.

Don fray Payo Enríquez de Ribera, que tal era su verdadero nombre (136), nació en Sevilla (137)

en 1612 (138) y fue hijo de don Fernando Enríquez de Ribera, duque de Alcalá, virrey de Nápoles, y de doña Leonor Manrique (139). Ingresó al convento de San Felipe de los Agustinos en Madrid, y a la edad de dieciséis años, el 9 de noviembre de 1628, profesó allí en manos del prior fray Martín Cornejo (140). Hizo sus estudios en Salamanca; fue lector de filosofía y teología en el convento de su orden de San Andrés de Burgos, y de esa última facultad en el Colegio de San Gabriel de Valladolid y en el Real de Alcalá de Henares, donde sirvió también de regente de estudios; prior de Valladolid; definidor en su Religión; calificador del Santo Oficio y rector del Insigne Colegio de doña María de Aragón en Madrid; graduado en la Universidad de Osma (141). [128]

Presentado por Felipe IV para el obispado de Guatemala, visitó toda su diócesis; «promovió la fundación del hospital de San Pedro para curación de los eclesiásticos y bendijo la primera piedra para la iglesia de dicho hospital; dio a los hermanos betlemitas el hábito y la regla que observaron [129] en un principio y les facilitó el que fundasen hospital en México» (142). Fue tan parco para sí como pródigo para los pobres, y decidido sostenedor del alivio de la condición de los indios, a quienes amparó y defendió ante la Real Audiencia con sus escritos (143), y en su trato tan llano y afable, que se hizo querer de todo el mundo (144).

Su mejor timbre de gloria allí fueron, sin embargo, como es fácil comprender, la introducción de la Imprenta y la publicación de su gran libro Explicatio apologetica, «escrito con aquella concisión y gracia de que Dios lo dotó», y que, a la vez, le acredita de «doctísimo» (145).

Trasladado al cabo de diez años al obispado de Valladolid de Michoacán, salió de Guatemala el 4 de Febrero de 1668 (146), pero en el camino, dos leguas antes de llegar a Oaxaca, recibió la noticia de su promoción al arzobispado de México, en cuya capital hacía su entrada el 28 de Junio de aquel año, a las once de la mañana (147), si bien su recibimiento como arzobispo tuvo lugar más de dos años después (148).

Hallábase desempeñando Ribera aquel cargo, cuando el 13 de diciembre de 1674, por muerte del virrey don Pedro. Nuño Colón de Portugal, y en virtud de designación contenida en pliego secreto, hubo de encargarse ese mismo día del gobierno del virreinato (149). Historiarlos siete años que estuvo al frente de él sería tarea ajena a nuestro propósito. Bástenos con saber que durante ese tiempo cuido de mantener las costas del país en buen estado de defensa, dio impulso a la construcción de las obras de la Catedral y a las del desagüe del valle de la capital y tuvo especial cuidado de velar por la conducta de los corregidores y la buena administración de justicia.

En su tiempo ocurrió un hecho, doloroso sin duda para él, cual fue el incendio de la iglesia de San Agustín, orden a que pertenecía, como sabemos, ocurrido el 11 de diciembre de 1676,y cuyos planos para la reedificación orden levantar, si bien no pudo iniciarse sino trece años después. [130]

Sus tareas del gobierno espiritual y temporal no le impidieron, sin embargo, consagrarse a las de escritor y al cultivo de la teología, su ciencia predilecta. En 23 de Agosto de 1671 publicaba allí el jubileo universal concedido por Clemente X (150); en 9 de octubre de 1677 circulaba un auto declarando por milagro la reintegración de los panecillos de Santa Teresa (151); en ese mismo año daba a luz su Epístola al doctor D. Diego Andrés Rocha, a que este respondió desde Lima con su Epístola gratificatoria (152),y en 1679 un Tratado en que se defienden nueve proposiciones de la Vuestra Majestad Ana de la Cruz, religiosa clarisa de Mantilla, hermana suya, que escribió en Guatemala y que salió a luz con aprobaciones y censuras de Salamanca y Alcalá, de los carmelitas, benitos y jesuitas, dadas en los años 1664 a 1672 (153). En realidad, puede decirse sin exageración que todo el movimiento literario del país durante el tiempo de su gobierno está lleno con su nombre (154).

Después de hacer renuncia del arzobispado, que desde años antes tenía interpuesta, y entregado el gobierno (155) a su sucesor el Conde de Paredes, [131] distribuyó el dinero que poseía entre los establecimientos de beneficencia, obsequió su biblioteca al Oratorio de San Felipe Neri, y, partiendo de la capital el 30 de junio de 1681, se embarcaba en Veracruz el 4 de agosto para llegar a Cádiz el 5 de noviembre de aquel año. Desde el precedente estaba nombrado obispo de Cuenca en la Península; y el Rey le había concedido para su sustentación, luego de llegar, cuatro mil ducados anuales pagaderos en las cajas de México (156).

Inocencio XI, finalmente, expidió a su favor un breve muy honorífico, autorizándole para que pudiera entrar con capa arzobispal en cualquiera de las Iglesias de España.

Después de permanecer cinco meses en Puerto Real, desde donde elevó al monarca la renuncia del obispado para que había sido designado hacía poco, se dirigió a Castilla, para retirarse en último término al convento de su orden de Nuestra Señora del Risco, cerca de Ávila, donde vivió dos años de vida austera y humilde, hasta su fallecimiento, ocurrido allí a 8 de abril de 1684.

Luego de haberse tenido en México noticia de su muerte, el Virrey recibió el pésame del Arzobispo y de todas las autoridades, hecho sin precedentes en la historia del país (157).

Ya que conocemos al introductor de la Imprenta en Guatemala, nos toca ocuparnos ahora de los impresores que allí hubo. [132]

JOSE DE PINEDA IBARRA

(1660-1679)

José de Pineda Ibarra, el primer impresor que hubo en Guatemala, era hijo de don Diego de Ibarra y de Juana Muñiz de Pineda (158) y había nacido en México hacia el año de 1629 (159). Consta que residió en la Puebla de los Ángeles, donde contrajo matrimonio con María Montes Ramírez, y que en México trabajó como oficial en las imprentas de doña Pabla de Benavides, viuda de Bernardo Calderón, y en la de Hipólito de Rivera, con tan poco fruto, que al retirarse de ambos establecimientos hubo de quedar debiendo algunas pequeñas cantidades que le habían sido suministradas a título de préstamos.

Es indudable, por lo demás, que jamás fue dueño de imprenta. El hecho que acabamos de estampar sería ya suficiente indicio de ese aserto, si no fuera todavía que no se conoce impreso alguno de México que lleve en la portada su nombre. Todo induce, pues, a manifestar que cuando fray Francisco de Borja llegó a México en busca de un impresor que quisiera trasladarse a Guatemala, Pineda Ibarra no pasaba de ser oficial de imprenta, como se decía entonces, de condición de fortuna bien estrecha. Cuando sabemos todo esto, resulta evidente que el enviado de fray Payo de Ribera hubo de comprar la imprenta que figuró con su nombre en Guatemala para confiársela a Pineda Ibarra en condiciones que ignoramos, pero que no pudieron ser otras que la de vendérsela al fiado para que la fuese pagando con su trabajo, y asegurarle que éste no le había de faltar allí después de las promesas contenidas en las cartas que le exhibió de los Cabildos y de los prelados de las Órdenes Religiosas. Con tales ventajas y promesas, el tipógrafo mexicano no titubeó en aceptar los partidos ventajosos que se le ofrecían y en unión del Padre Borja y llevando su familia e imprenta se puso en camino para Guatemala, a donde llegó, como hemos dicho, en uno de los primeros meses de 1660.

A las promesas que le hiciera el franciscano, se añadió luego de llegar, a fin de proporcionarle un ramo más de entrada, el privilegio exclusivo que le hizo extender el presidente del reino don Martín Carlos de Mencos para que él sólo pudiese imprimir y vender allí las Doctrinas cristianas y [133] Catecismos que se necesitasen para el aprendizaje de los estudiantes de primeras letras (160).

Mientras Pineda Ibarra se ocupaba en la composición de la gran obra del Obispo y mucho antes de que ésta estuviese terminada, hubo de dedicarse a la impresión de otras de menor aliento que se iban ofreciendo, para las cuales tenía, sin duda, autorización. Entre ellas debemos contar, ante todo, con el Voto de gracias que los vecinos de la ciudad hicieron imprimir para dar al prelado público testimonio de su agradecimiento por haber sido el principal promotor de la introducción del maravilloso arte de la imprenta en el reino, y que sería, de ese modo, el primer papel que vio en él la luz pública. Compuso también Pineda Ibarra en los seis primeros meses de su llegada a la ciudad, tres sermones, pero nada en el siguiente, al menos que haya llegado hasta nosotros; y así fue alternando en sus labores, hasta que por fin en 1663 pudo entregar a fray Payo de Ribera el último pliego de su Explocatio apologetica.

Esta y La Thomasiada, el famoso poema del dominico Sáenz Ovecuri, fueron, sin duda, sus dos obras capitales, que le señalan como verdadero tipógrafo, empleando en ellas, con discreción, entre otros recursos del arte, las letras capitales de adorno, así como en la impresión de las tarjas señaló ya el camino con las orlas y otros complicados artificios a los que le sucedieron en Guatemala, donde fueron tan abundantes, merced al establecimiento de la Real Universidad de San Carlos; y, por fin, él introdujo también en los libros el grabado de los escudos de armas, en madera, de los que acaso fueron algunos obra suya. El último impreso de su mano que conozcamos es de 1679.

Pineda Ibarra para ganarse la vida, no sólo trabajaba como impreso sino también como librero, siguiendo en esto la práctica de muchos otros tipógrafos de la América Española; algunas veces recibiéndolos a comisión y otras comprándolos al por mayor.

Era, asimismo, encuadernador, siendo de sospechar que para proporcionarse los materiales necesarios para este oficio tuviese que establecer la tenería que poseía en el pueblo de Almolonga.

A pesar de su tesón para el trabajo y de cuanto hacía para ganarse el sustento, resulta que en los últimos años de su vida estaba lleno de deudas. Su testamento, que más parece confesión sacramental, resulta una enumeración de las que tenía contraídas, a contar desde las que había dejado en México y la Puebla de los Ángeles, hasta las de menudencias de su vida diaria en Guatemala y el salario de seis meses de una criada. [134]

En cambio, por bienes suyos sólo podía enumerar la casa en que vivía, que estaba situada en los portales del Cabildo, que había comprado a las monjas de Santa Catalina con el gravamen de un censo de mil quinientos pesos; la tenería de Almolonga, y unos cuantos libros que estaban sin venderse en la tienda; y, por fin, la imprenta «aviada de todo lo necesario para trabajar» y sus herramientas de encuadernador.

Tal era su situación de fortuna cuando falleció, hallándose ya viudo, el 2 de octubre de 1680 (161).

José de Pineda Ibarra estuvo casado con María Montes Ramírez, natural de la Puebla de los Ángeles, donde, probablemente tendría lugar el matrimonio, habiéndole llevado en dote unos 370 pesos.

Tuvo varios hijos que fallecieron pequeños, y a Antonio de Pineda, que vino a ser su único heredero y sucesor en el arte tipográfico en Guatemala. [135]

ANTONIO DE PINEDA IBARRA

(1681-1721)

De entre los hijos que José de Pineda Ibarra tuvo de su matrimonio con María Montes Ramírez, el único que le sobrevivió fue Antonio, nacido en Guatemala en 1661 (162). A la edad de diecinueve años, estaba ya casado con Manuela Carvallo del Zas, quien le llevó en dote algún corto caudal.

Se ejercitaba en la imprenta al lado de su padre, y cuando éste falleció, se la legó «aviada de todo lo necesario para trabajar y toda herramienta para encuadernar», con cargo de ir pagando de las utilidades que de ella obtuviese, las deudas que indicaba en su testamento, que no eran pocas.

La imprenta comenzó, probablemente, a figurar con su nombre desde 1681 (163), pero con toda seguridad desde el año inmediato siguiente. Diez años más tarde, Antonio de Pineda añadía en la portada de los libros que salían de su taller, a su título de impresor, el de alférez (164).

Con intervalos, a veces de varios años, en los que nada trabajaba, continuó Pineda como único impresor en la ciudad hasta 1715, en el que se estableció él bachiller Antonio de Velasco, y meses después, el taller que montaran los franciscanos en su convento. Después de haber ejercido su arte durante cuarenta años, falleció en 21 de septiembre de 1721 (165), cargado de hijos y en la mayor pobreza» (166) [136]

Puede decirse, sin temor de equivocarse, que la obra principal de Antonio de Pineda Ibarra fueron las Conclusiones en la ciencia y destreza de las armas de Garaillana.

Durante su tiempo y en virtud de auto de la Real Audiencia, se impuso a los impresores de Guatemala la gabela de obsequiar con un ejemplar de cuanto papel trabajaran, a los miembros de aquel tribunal (167).

Como con los emolumentos que Pineda Ibarra obtuviera de sus escasos trabajos tipográficos, no hubiera podido subsistir, es evidente que para ello ha debido proporcionarse entradas de otra parte, que no ha debido ser otra que la impresión de las cartillas y catecismos, de los cuales, desgraciadamente, no ha llegado ejemplar alguno hasta nosotros. [137]

El privilegio para la impresión y venta de esos libritos de estudio le había sido concedido a su padre, de quien lo heredó y estuvo en posesión hasta 1709. Por ese entonces, alguien introdujo de fuera del reino una partida, cuyo expendio venía, naturalmente, no sólo a privarle del privilegio, sino también a arrebatarle el pan de su familia. A intento de que se le respetase, en los primeros días del mes de enero de aquel año hubo de instaurar gestión ante el Presidente para que se prohibiera la venta de aquellos cuadernos y en caso necesario, se le renovase el privilegio. Rindió al efecto una información para acreditar el que se había concedido a su padre, cuyo título se había perdido, y con vista de ella y previo informe del Fiscal, se declaró vigente, a condición de que en adelante lo estampase en esos libros y después de conceder un plazo de dos años para que se pudiesen realizar por sus dueños los ejemplares importados, condición esta última que se dejó eliminada después que Pineda tomó el temperamento de adquirirlos todos (168). Antonio de Pineda Ibarra se ocupaba también en el oficio de encuadernar libros y sabía fabricar algunos de canto llano (169).

IMPRENTA DE SAN FRANCISCO

(1714 -1771?)

El origen de la imprenta que los Franciscanos establecieron en su convento de Guatemala desde 1714, lo encontramos en la licencia concedida por el comisario general de la Orden, fray Luis Morote, dada en Chalco (México) a 12 de mayo de aquel año, a fray José González, provincial de Guatemala, en la que le dice que se la concede «para que pueda mandar imprimir (la Crónica del padre Vázquez) en la misma imprenta que a su solicitud se ha conseguido» (170).[138]

En esa fecha no existían en Guatemala otras imprentas que la que había llevado José de Pineda Ibarra en 1660, y que entonces, después de más de medio siglo de uso, se hallaba en poder del hijo de aquél, Antonio de Pineda, también ya viejo. Dada la extensión de la obra que los franciscanos proyectaban sacar a luz, lo gastado del material y la misma vejez y cansancio del propietario entonces del único establecimiento tipográfico que existía en la ciudad, se explica que pensasen y pusiesen por obra el proporcionarse una propia.

Comenzó ésta a funcionar en 1714, sin que hayamos podido descubrir a cargo de quien se pusiese, pero probablemente de operarios llevados de México, y con excepción de la impresión de uno que otro opúsculo ascético, puede decirse que estuvo consagrada a la publicación de la extensa obra del Padre Vázquez, cuyo segundo y último volumen lleva en la portada el año de 1716, si bienes posible que se terminase uno o dos años más tarde, como había sucedido con el primero.

El caso es que desde esa fecha no se vuelve a encontrar el pie de imprenta del Convento de San Francisco en los libros de Guatemala.

Hay, sin embargo, algunos antecedentes que permiten sospechar que ese taller tipográfico continuó funcionando hasta 1771 por lo menos, con distinto nombre.

He aquí, ahora, los antecedentes a que nos referimos y que motivan nuestra sospecha.

En 1730 se hizo en Guatemala una edición de los Pensamientos cristianos del padre jesuita Domingo Bohours por la «Imprenta que administra Manuel Joseph de Quirós». Esta frase indica, desde luego, que esa Imprenta no era de Sebastián de Arévalo, quien siempre firmó sus trabajos, ni era tampoco de propiedad de Quirós, puesto que expresamente se dice en el pie de imprenta de que se trata, que aquél era simple administrador.

Dos años más tarde, esto es, en 1732, se vuelve a ver aparecer en la Noticia breve de las reglas de la Aritmética de Padilla, uno de los libros más hermosos salidos de las prensas de Guatemala, un pie de imprenta análogo: «en la Imprenta que administra Ignacio Jacobo de Beteta», respecto del cual debemos aplicar las mismas consideraciones que hemos hecho valer en el caso precedente.

Finalmente, -y para ello es necesario que lleguemos hasta 1771-, aparece otra portada de un libro guatemalteco que lleva a su pie el dato de haber salido de la «Imprenta de la Venerable Orden Tercera», la que, como es sabido, estaba anexa a los conventos franciscanos (171).

Si esta hipótesis nuestra pareciese aceptable, tendríamos, pues, que el taller adquirido para publicar la Crónica del padre Vázquez quedó en el convento franciscano de Guatemala, después de realizado el objeto a que fue [139] destinada; que estuvo a cargo de Quirós, por lo menos en 1730, (siendo, acaso, de presumir que éste fuera el tipógrafo que compuso aquel libro) que dos años más tarde se le confió a Beteta, y que, aún subsistía en 1771, desde cuya fecha se pierden sus huellas.

ANTONIO DE VELASCO

(1715-1726)

Antonio Velasco inició sus tareas de impresor en 1715, cuando pasaba ya de los cincuenta años, pues había nacido en 1664 (172). Si bien sus padres don Jerónimo Jacinto de Velasco y doña Luisa de Cárcamo Valladares estuvieron avecindados en Guatemala (173) no hay antecedente positivo que permita afirmar que hubiese nacido ahí. Sabemos sí que cuando abrió su taller estaba ordenado de sacerdote y tenía el grado de bachiller, probablemente en teología. La circunstancia de no encontrarse en el Archivo de la Universidad de San Carlos testimonio de habérsele conferido ese grado, hace suponer que lo obtendría, quizás, en México, y, por ende, que nacería en el distrito de aquel virreinato, de donde él y sus padres pasarían a establecerse en Guatemala.

De las prensas de Velasco salieron libros de importancia, siendo el más notable de todos ellos, por su volumen, la Vida de Sor Ana de Jesús, que se dio a luz en 1716, luego de iniciar sus trabajos, y por su rareza, la Doctrina christiana de Marroquín, que reimprimió en 1724 y para la cual tuvo que valerse de las letras especiales que se necesitaban para el texto cakehiquel.

Durante los años de 1717 y 1718 no se conoce trabajo alguno de Velasco, posiblemente porque debió ocuparse de la composición de la Vida que hemos indicado, que si bien lleva en la portada, como, decíamos, la fecha de 1716, es de suponer que sólo se terminase mucho tiempo después.

En 17 de abril de 1723 otorgó poder para testar al presbítero bachiller don Pedro Vindel de Ribera. Sus padres habían ya fallecido.

Hallábase en ese día «en pie y sana salud». Temiéndose de la muerte y a fin de que no le hallase desprevenido en las cosas del descargo de su conciencia, advertía que las tenía comunicadas con el clérigo Vindel de Ribera, y que se las dejaba asentadas y escritas de su letra en una memoria que se hallaría entre sus papeles, firmada de su mano. Nombraba, asimismo, para el cargo de albacea a don Tomás García Bahamonde.

Disponía que su cuerpo fuese amortajado, con el hábito clerical y enterrado en la Catedral, de la cual era feligrés. [140]

Les rogaba encarecidamente que aceptasen el cargo y que después de cumplidas sus mandas y legados, instituyesen por su heredera a su alma (174).

En 5 de junio de 1726 comenzó a redactar un codicilo, hallándose entonces enfermo en cama. Nombraba por sus albaceas a los mismos y les encargaba conservasen en su poder la memoria testamentaria a que se refería, «con tal sigilo y secreto natural, que no la han de poder manifestar ni propalar a ninguna persona». Las justicias no podrían tomarles cuenta de su cometido, y ordenaba que el reparto de sus bienes lo hiciesen extrajudicialmente a quien se los tenía comunicado, ni se habían de contener en el inventario de los pocos bienes que tenía y de las casas de su morada; «ni tampoco se ha de avaluar la imprenta, agrega, con todos sus adherentes, sólo si se ha de inventariar y numerar para que conste su calidad, en atención a dejarla aplicada a quienes y en la conformidad que les tenía comunicado».

Estaba ya para firmar ese documento cuando el escribano se vio obligado a estampar que «en ese estado se le agravó el accidente al otorgante y le impidió la pronunciación hasta que falleció» (175). Dos días más tarde, Velasco era sepultado en la Catedral (176).

García renunció su cargo de albacea y así quedó solo Vindel de Ribera, quien, en 9 de agosto del mismo año, vendió la casa, después de avaluada en 2.600 pesos, que estaba a espaldas del Monasterio de Santa Catarina y que había comprado en 1722 a doña María de León, mujer del capitán de mar y guerra don Enrique Juansol Oqueli, por el precio de tasación.

De nota marginal consta, asimismo, que Vindel otorgó testamento por su colega Velasco, en septiembre del año indicado, el cual falta, desgraciadamente, por hallarse incompleto el protocolo. [141]

SEBASTIÁN DE ARÉVALO

(1727-1772)

No tenemos dato alguno para señalar el año del nacimiento de Sebastián de Arévalo. Sabemos sí que era oriundo de Guatemala, e hijo natural de doña Manuela de Arévalo. Dada la fecha en que murió, debe haber sido muy joven cuando abrió su imprenta en 1727, iniciándose con la publicación de la Oración fúnebre de Varón de Berrieza (177), cuyas condiciones tipográficas le acreditan desde ese momento como bastante entendido en su arte.

Continuó en sus tareas, con ligeras interrupciones, hasta el 22 de Julio de 1771 (178), es decir, durante treinta y cuatro años. Cúpole a su prensa la gloria de haber sido la que editara el primer periódico de Guatemala, la Gazeta, que estuvo publicándose desde 1º de Noviembre de 1729 hasta marzo de 1731.

Su trabajo más notable es el Arte de la Lengua cakchiquel, de fray Ildefonso José Flores, que salió a luz en 1753, pues si bien existen algunos suyos ilustrados con grabados de otros artistas y constituyen muestras tipográficas de las más interesantes de su tiempo en América, para aquel libro tuvo necesidad de fundir los tipos especiales que necesitaba. El ensayo le resultó feliz y le estimuló, sin duda, a extender la fundición a las letras de toda especie, con que anunció haberse renovado su imprenta en 1756 (179).

En ese mismo año de 1756, que marca el apogeo de la carrera tipográfica de Arévalo, editó a su costa la obra más extensa que saliera de su prensa, el Manual de Sacramentos de Álvarez de Vega.

Como auxiliar en sus trabajos sólo tenemos noticia que lo fuera, antes de 1760, José Patricio Corzo, a quien llama «oficial de imprenta» (180). [142]

Arévalo había contraído matrimonio en 24 de junio de 1727, esto es, casi en los mismos días en que abrió al público su taller (181), con doña Catalina de León, la cual murió sin dejarle sucesión en 26 de Marzo de 1749, instituyéndole por su heredero y confiándole el encargo de que hiciese por ella testamento, como en efecto lo ejecutó años más tarde cuando hubo de extender el suyo propio.

Cuando aún no enteraba un año de viudedad, Arévalo contrajo segundas nupcias, el 11 de Marzo de 1750, con doña Juana Batres Martínez, de quien tenía ya ocho hijos al principiar el año de 1760, fecha en que otorgó su testamento. Ésta, como la anterior, no había llevado caudal alguno (salvo una mulatita que vendió después en 150 pesos) al matrimonio, pero merced a su trabajo, en aquel entonces enumeraba entre sus bienes, además de la imprenta, que «se componía de varios pliegos» (es decir, que tenía tipos para ellos) y estaba avaluada en ocho mil pesos, dos mil en reales, cuarenta y un marcos de plata y dos esclavos. Una pequeña parte de este caudal debió proceder de la herencia de su madre, cuya casa fue adjudicada a Joaquín Arévalo, su otro hijo, con cargo de reconocer sobre ella una corta suma a censo, como lo hizo aquél en 4 de marzo de 1746. Con motivo de las particiones hubo cierta litis entre ambos hermanos que al fin terminó con una transacción.

Sebastián de Arévalo falleció el 4 de marzo de 1772 y fue sepultado en la iglesia de San Francisco (182). [143]

MANUEL JOSÉ DE QUIRÓS

(1730)

Manuel José de Quirós figura en 1730 como administrador de una imprenta, que no sabemos a punto fijo cual fuese, y su nombre aparece una sola vez al fin de la portada del libro que aquí damos en facsímil:

¿Qué imprenta podía ser esa? Desde luego, no era de su propiedad, como bien claro resulta de lo que se estampa en la portada del libro en que aparece su nombre. Y en Guatemala no había por entonces otros establecimientos tipográficos que el de Sebastián de Arévalo, que él mismo regentaba, y el que habían establecido en su convento los padres de San Francisco. Indicábamos al hablar de ésta, que bien pudo ser la que aparece administrando Quirós en 1730, y dos años más tarde Ignacio Jacobo de Beteta. Es posible también que fuese la que había pertenecido hasta 1726 al bachiller Antonio de Velasco, y que ignoramos a quien pasara después de su muerte. [144]

IGNACIO JACOBO DE BETETA

(1732)

El nombre de Ignacio Jacobo de Beteta se presenta en los anales tipográficos de Guatemala una sola vez, como administrador de la imprenta en la que en 1732 se publicó el libro descrito bajo el número 136 (183) y cuya portada reproducimos a la vuelta.

Como puede verse de este pie de imprenta, Beteta, a la vez que administrador del establecimiento en que se daba a luz el libro, era quien lo editaba.

Las mismas hipótesis que hemos formulado al hablar de Manuel José de Quirós caben en este caso respecto a quien fuera el propietario de esa imprenta, que, a nuestro entender, sería, o los padres franciscanos o el que heredó la que había sido del bachiller Antonio de Velasco.

CRISTÓBAL DE HINCAPIÉ MELÉNDEZ

(1739-1748)

Cristóbal de Hincapié Meléndez es, sin disputa, el impresor de Guatemala más digno de llamar la atención, no, por cierto, a causa de sus trabajos tipográficos, sino por su persona misma. Había nacido en la capital del reino en 1689 (184), era hijo de don Antonio Hincapié Meléndez y de doña Rosa [145] Mallén, y por ambas líneas pertenecía a los primeros descubridores del país (185). Hizo sus estudios en la Universidad de su patria, ante cuyo rector se [146] presentó, en 3 de febrero de 1720, solicitando ser admitido a graduarse de bachiller en filosofía, por haber cursado esta ciencia, no sólo durante tres años, como lo disponían las constituciones, sino por espacio de cuatro, habiéndole sido admitido su recurso en 10 del mismo mes, después de la información que para acreditar el hecho rindió.

Hincapié se hizo notar en la literatura guatemalteca por unos romances que escribió para referir la ruina de la ciudad de Guatemala, causada por el terremoto y erupción de cuatro volcanes el día 17 de Agosto de 1717 (186).

A su tiempo debe haberse recibido de licenciado en medicina, en cuya facultad mereció ser nombrado en 1734, por su idoneidad, ciencia y experiencia, examinador de segundo voto del Tribunal del Protomedicato del reino (187).

Hacía algún tiempo que se encontraba ejerciendo tales funciones cuando en 1734 abrió una imprenta en la ciudad, de la cual salieron, con intervalos de interrupción hasta de cinco años, unas cuantas tesis o tarjas para graduandos universitarios, otras pocas novenas, un sermón y unas ordenanzas, que vieron la luz pública en 1748 y con cuya obra dio también Hincapié término a sus tareas de impresor. Sin duda alguna, el público, por la mala calidad de sus trabajos, por la pobreza de los tipos con que contaba y por la competencia de otro colega mucho más perito en el arte y mejor dotado de elementos, Sebastián de Arévalo, no le favorecía.

Este establecimiento de la imprenta había sido, pues, un mero accidente en la vida de Hincapié, un medio de tentar fortuna para ganarse la vida, pero, en realidad, sus antecedentes y alecciones le llamaban a otro campo: [147] el estudio de la botánica aplicada a la medicina, que aseguraba en 1750 que había sido su ocupación principal desde hacía entonces veintisiete años, con tal éxito, que tenía hallados más de doscientos medicamentos nuevos y de que escribiera un libro para la pública utilidad. Pero más curioso que todo esto, que al fin de cuentas había sido y era la ocupación de muchos, fue el giro especial que diera a sus investigaciones: la curación de la rabia. Todo lo había hecho, decía, «con trabajos, peligros y dinero, para el bien de la monarquía, de que hay varias cosas en uso con pública utilidad, y con especialidad el descubrimiento de la verdadera, cierta y eficaz curación de la rabia[…]»

Sabedor el Gobierno de estos hechos, le extendió título de protomédico extraordinario del reino en 4 de mayo de 1752, con encargo especial de escribir la historia natural de cada cosa (188).

Consagrado por entero al desempeño del cargo que se le confió, sin sueldo, llegó un momento, andando los años, en que Hincapié se vio en los mayores apuros para subvenir a la manutención de su familia, y hubo de pensar entonces en abrir una botica, en cuyo despacho debía ayudarle un hijo que tenía (189). En Noviembre de 1767 instauró, en efecto, un recurso ante el Gobierno, pidiendo para ello la licencia que se necesitaba, haciendo presente, además, su vejez y enfermedades.

No tuvo efecto, según parece, este intento, ya que en los primeros meses de 1772 se presentó al Presidente en solicitud de una licencia análoga, en vista de que, se hallaba enfermo, viejo e impedido.

Apoyó el fiscal la instancia, pero salió a contradecirla don José Esteban Páez, maestro botánico examinado, a quien replicaba Hincapié diciendo que la prohibición de tener botica, impuesta a los médicos por la ley, no podía rezar con él, que había sido examinador más de cuarenta años, y con título de protomédico propietario más de treinta, y aún de protomédico principal extraordinario más de quince, por nombramiento que le había extendido el presidente don José de Araujo y Río, con cargo de escribir la historia natural del reino, aunque sin el sueldo de quinientos pesos de la ley. «Puedo asegurar sin jactancia, decía, en contestación al óbice que se le ponía de su avanzada edad, que teniendo yo setenta y tres años de edad, podría poner cátedra en todas y presidir en los exámenes de esta Real Universidad en lo que ocurría, sin tiempo para particular estudio, y que es notoria mi erudición en todas las ciencias y artes liberales y mecánicas y toda especie de curiosidad.» [148]

Perdió, con todo, el juicio en primera instancia y no aparecen noticias en los autos de que tomamos éstas, de la resolución de la segunda.

Hincapié, en efecto, pasaba a mejor vida el 27 de junio de aquel año. (1772). Fue sepultado en la iglesia de la Merced (190).

JOAQUÍN DE ARÉVALO

(1751-1775)

Joaquín de Arévalo era hermano de Sebastián, seguramente menor, y comienza a trabajar con imprenta propia en 1751, en la casa que había sido de su madre, que le fue adjudicada en la partición de los bienes de ésta, y que se hallaba situada en la calle que corría de oriente a poniente por frente al Colegio de San Francisco de Borja, que después se llamó de Jesús, María y José (191).

En 1756, había conseguido que se le nombrara impresor de los Tribunales eclesiásticos (192), con cuyo carácter le vemos figurar, con varias interrupciones, hasta 1771.

Arruinada la ciudad con el temblor de 29 de julio de 1773, no sabríamos decir cuánto perdería, ni si continuó allí o no; pues, cuando se le ve aparecer de nuevo como tipógrafo en 1775 (193), -último año en que ejerce también su arte-, no indica lugar de impresión en sus portadas, ni ubicación de su taller.

Joaquín de Arévalo no sobresalió, realmente, en su arte, ya fuera porque no tuviera aptitudes para el trabajo, o porque los elementos con que contaba no le permitieran ejecutar nada mejor de lo que nos ha dejado. [149] Consideramos su mejor obra la Instrucción pastoral de Cortés y Larraz, que salió a luz en 1769 (194).

ANTONIO SÁNCHEZ CUBILLAS

(1772-1785)

El arcediano de la Catedral de Guatemala don Francisco de Vega, en viaje que hizo a la Península, fuera de otras mercaderías que compró y cuyo valor no bajaba de diecisiete mil pesos, adquirió también una imprenta, que se componía de unas sesenta y seis arrobas de letras, surtidas de cuatro clases, dos prensas, láminas de cobre y plomo, herramientas de encuadernar y otros útiles tipográficos. Para que la dirigese en Guatemala contrató a don Antonio Sánchez Cubillas, vendiéndole la imprenta a pagar a plazo, y como le merecía su confianza, colocó también a su nombre las demás mercaderías que había comprado, haciéndole extender los recibos correspondientes, en el puerto de Cádiz, allá por el año de 1771.

Sánchez Cubillas comenzó sus tareas de impresor en Guatemala, a más tardar a mediados del mes de Febrero de 1772, con tal éxito, que en un principio su establecimiento fue el único que ocupara el público. Estaba situado en frente del Correo.

Desgraciadamente, el 29 de julio de 1773, cuando aún no enteraba año y medio de trabajar, ocurrió en aquel día el terrible terremoto que arruinó totalmente la ciudad. Trasladose entonces con su taller al pueblo de Mixco, y la montó allí en 1774, en la casa que llamaban de Comunidad de Santo Domingo, para mudarse en el año siguiente al lugar llamado La Hermita, donde se situó en la calle de San Francisco. A fines de 1776 cambia otra vez su pie de imprenta por el de Nueva Guatemala de la Asunción.

En octubre de 1777 se titulaba impresor del Superior Gobierno, como lo fue también, después de la muerte de Joaquín de Arévalo, de los Tribunales [150] Eclesiásticos. En los últimos meses de 1782, agrega a su nombre el título de familiar del Santo Oficio de la Inquisición de Sevilla.

A pesar de tantas contrariedades como había tenido que experimentar, Sánchez Cubillas no debía estar descontento de su situación, siendo, como había sido hasta esa fecha, con excepción de algún rarísimo trabajo que se encomendara a la viuda de Sebastián de Arévalo, el único impresor de la ciudad. Pensó entonces en radicarse definitivamente allí, habiendo comprado, en 1781, una casa a medio hacer, a don Francisco Martínez Pacheco.

Cuatro años más tarde, por causas que ignoramos, cambió completamente de rumbo y sólo pensó en regresar a España. A ese intento, en 10 de junio de 1785, vendió la casa que había comprado, y en 18 del mismo mes la imprenta (195) que consideraba como propia, según decía, a don Ignacio Quirós y Beteta, en tres mil trescientos pesos en reales de contado, incluyendo en esta suma dos mil cien pesos en que estimaba los restos de su tienda, novenas, ejercicios, y otros impresos, de que hizo lista, pero que no ha llegado hasta nosotros (196).

Ese mismo día titulándose «impresor de tribunales» y en virtud de «que por resulta de la venta que le hizo el señor doctor don Francisco de Vega, arcediano que fue en esta Santa Metropolitana Iglesia, de la imprenta que ha manejado y otras confianzas que tuvo con el dicho don Antonio, se presentó en el juzgado ordinario de esta ciudad el señor don Antonio Carbonel, canónigo de dicha Santa Iglesia, a fin de que se le mandase rendir la cuenta que tenía ilíquida con el albaceazgo que obtiene de dicho señor arcediano y que en el interno estuviese a derecho con él, no pudiese salir de esta ciudad.» Al intento de poder hacer su viaje hubo de afianzar las resultas de su cuenta en mil quinientos pesos y dejar apoderado instruido y expensado, quien constituyéndose fiador por esa suma, «que le consideraba de valor a la imprenta», obtuvo se le alzase la prohibición impuesta (197).

Después de haberse aceptado la fianza de Beteta, procedió a extenderle poder a éste, también para que el mencionado albacea «le exhonerase de la responsabilidad que por su causa tiene por trece mil y más pesos que recibió» de varias personas de Cádiz, «estando en aquel puerto dicho señor arcediano, pues le hizo firmar escritura a favor de los susodichos y le consta no haberse cubierto dicho crédito…»

El hecho es que aún desde días antes debe haber entrado ya Beteta a reemplazarle en el taller, como que hay trabajo suyo que lleva fecha de 5 de aquel mes (198). [151]

Sánchez Cubillas, que, sin duda, había hecho su aprendizaje en Sevilla o Cádiz (199), manifestó bastante inteligencia en su oficio. La mejor muestra de su prensa que nos haya dejado es, en nuestro concepto, la Política cristiana, de Pérez Calama (200). Él introdujo en los impresos guatemaltecos de corto aliento la práctica de numerar las páginas, hasta entonces desconocida allí.

JUANA MARTÍNEZ BATRES

(1775-1800)

Doña Juana Martínez Batres era hija de don Nicolás Martínez y de doña Manuela Macal. En 11 de marzo de 1750 se había casado con Sebastián de Arévalo y cuando éste falleció, en marzo de 1772, le quedaron doce hijos (201) y por todo caudal unos siete mil pesos, en los cuales entraba el valor de la imprenta.

Por causa, probablemente, de la enfermedad de su marido, nada se trabajó en la imprenta desde julio de 1771, y como las desgracias no vienen solas, según es fama, a la pérdida de su marido y a la falta de trabajo, vino a añadirse para la señora Martínez el temblor de 29 de julio de 1773, que le destruyó su casa y, probablemente, gran parte del material tipográfico. Posiblemente, en vista de la triste situación que se le había creado con tanta calamidad y fundando siempre sus expectativas de sustento en el ramo a que se había dedicado su marido, el alférez real don Manuel Batres, que sería, sin duda, deudo suyo, encargó para ella una pequeña imprenta a París, cuyo importe de ochocientos cincuenta pesos satisfizo en 13 de Marzo de 1775 (202). Púsose resueltamente al frente de ella, ayudada, por lo menos más [152] tarde, de su hijo (203) Manuel de Arévalo y poco después salían muestras de sus trabajos con el pie de imprenta de la «Viuda de Sebastián de Arévalo» (204).

Como, sin duda, los elementos con que contaba eran muy reducidos, para dar impulso a sus labores, por conducto del Marqués de Ayzinena, encargó después otra imprenta a España, cuyo valor ascendió a dos mil pesos y posteriormente compró una tercera, más valiosa todavía, en tres mil quinientos pesos, de los cuales sólo pudo pagar una séptima parte, quedando a deber el resto con intereses, que fue pagando anualmente, y que al tiempo de su fallecimiento aún no lograba cancelar.

Con los cortos elementos de que podía disponer, apenas si en los dos primeros años en que inició los trabajos del taller pudo sacar a luz uno que otro librito, y hubo aún algunos de los siguientes en los que nada se le ve producir, hasta que en 1784 comienza a ocuparse de la impresión de las tarjas universitarias. En 1786 logra al fin poner su nombre en la portada de un libro propiamente tal (205) y continúa sin interrupción sus labores hasta llegar en 1792 a publicar su trabajo más notable, con letra nueva, la Filosofía de fray Juan Terrasa (n. 711) cuya impresión debe haberle ocupado todavía gran parte del año inmediato siguiente.

En aquel año hubo de salir a combatir, y lo hizo con gran vigor, la gestión de Beteta, dueño también de imprenta como ella, que pretendía se le concediese el privilegio de ser el único que diese a luz almanaques en el país, alegando, no sólo la antigüedad de su taller, sino también el hallarse regido por su hijo Manuel de Arévalo, «profesor en el arte», «las recomendables circunstancias de su sexo y viudedad», y el de que de su oficina no salían otra cosa que Almanaques, Catecismos y Cartones (206), acordándosele al fin, al respecto, como a Bracamonte, su colega y aliado en aquella contienda administrativa, cuando aquélla se renovó más tarde en 1796, el de que se reservase a ambos la impresión de los llamados de pliego extendido (207).

De su taller salió también, en 1797, otro de sus libros más dignos de nota, las Honras fúnebres de Ayzinena, quien había sido, como queda dicho, uno de sus favorecedores; y después de la muerte de Bracamonte, ocurrida en 1798, no sólo adquirió su imprenta sino que continuó a cargo de la publicación de algunas de las obras periódicas que se editaban por la imprenta de aquél.

Merced al acertado gobierno de su casa y del taller, que con sus desvelos había ido incrementando poco a poco, la señora Martínez de Batres no [153] sólo se había logrado conquistar una clientela que cada día iba siendo más numerosa, sino que subvenía también a las necesidades de su crecida familia, sin salir, por supuesto, como bien podemos suponerlo, de un estado rayano de la más grande pobreza; pero así podía siquiera mantener la casa, en la cual daba asilo a un hermano y a una de sus hijas que había quedado viuda y con descendencia. Cúpole todavía la desgracia de que uno de sus hijos saliera de mala conducta y a quien, en su afecto de madre, después de entregarle la legítima que le correspondía en la herencia de su marido, hubo de nuevo de protegerle al pasar a segundas nupcias.

Cuando todo marchaba bien y hacía esperar para aquella buena señora mejores días, fueron sus achaques arreciando, a tal punto, que en 16 de septiembre de 1800 hizo extender su testamento, pieza verdaderamente modelo en su especie por las muestras de amor bien entendido a su familia y por los dictados de su corazón de madre amante y previsora que encierra en cada una de sus cláusulas. Dispuso en él, respecto de la imprenta, que su producto se dividiese por iguales partes entre todos sus herederos «para su subsistencia» y supuesto que no podía ser partible, pues de otro modo «se perdiera y quedara sin valor, perjudicándose todos», se mantuviera en un cuerpo, como ella la había tenido (208).

La señora Martínez debe haber fallecido en ese mismo año 1800, pues ninguna pieza posterior se conoce que lleve su nombre.

IGNACIO BETETA

(1785-1827)

Hay antecedentes (209) para creer que don Ignacio Beteta fuese descendiente, quizás hijo, de aquel don Manuel José de Quirós que en 1730 era administrador de una imprenta en Guatemala, a cuya familia pertenecía también, probablemente, aquel don Ignacio Jacobo de Beteta que aparece, [154] asimismo, como regente de un taller tipográfico y editor de la Aritmética de Padilla en 1732. (210)

Lo que sí sabemos de cierto es que don Ignacio Beteta aprendió el oficio de encuadernador al lado de don Antonio Sánchez Cubillas (211) y que cuando éste resolvió regresar a España le vendió su imprenta, en 18 de junio de 1785, bajo los términos y condiciones que hemos indicado ya al hablar del negocio que medió entre ambos.

Dijimos también entonces que desde algunos días antes de celebrarse el contrato, ya Beteta había entrado de hecho a hacerse cargo del taller; pues existe un impreso firmado por él que lleva fecha 5 de aquel mes. (212) El sucesor de Sánchez Cubillas emprendió con ardor sus tareas tipográficas, habiendo editado de su cuenta, según parece, en 1788, el voluminoso Manual de párrocos, mandado reimprimir por el arzobispo Francos y Monroy; y publicaba en 1789 la Descripción de las exequias de Carlos III, con un lujo y profusión de grabados hasta entonces desconocidos en Guatemala. (213)

Dando muestras de ser hombre de iniciativas, o por lo menos, deseoso de que en Guatemala se llevasen a cabo publicaciones análogas a las que ilustraban las capitales de los virreinatos de Nueva España y el Perú, trabajó y dio luz, a instancia del Presidente don Bernardo Troncoso, (214) una Guía de forasteros, en la que consignó la cronología de los presidentes y prelados del reino, cuya redacción debió demandarle algunas serias y largas investigaciones. Beteta tomó pie del servicio que prestaba con ello a los habitantes de Guatemala para solicitar del Gobierno que se le otorgase privilegio [155] exclusivo, no sólo ya para la impresión de las Guías de que acababa de dar a luz el primer ejemplar, sino también de los Almanaques; pero como con esto último hería intereses ya creados a favor de Bracamonte y de la Viuda de Arévalo, salieron éstos a contradecirle su pretensión, con tales razones, que después de haberse tramitado el respectivo expediente con las formalidades de estilo, llegó a obtener únicamente el que se le concediese para las Guías, -al que nadie hacía oposición, desde que eran obra suya,- y para los almanaques llamados de bolsillo. (215)

Pero la muestra principal del carácter emprendedor de Beteta y también su mayor gloria, debemos fundarla en la publicación que en 1797 emprendió de la Gazeta de Guatemala y continuó sin mayores interrupciones hasta el 1º de julio de 1816, esto es, durante más de veinte años.

Había surgido en Beteta la idea de la publicación del periódico a mediados de 1793, después de haber visto el prospecto de El Mercurio peruano, que poco antes había circulado en Lima don Jacinto Calero, y a efecto de realizarla ejecutó un modelo que presentó para su aprobación al Gobierno; pero de trámite en trámite y después de consultarse el caso a la Corte, sólo le fue permitida después que recayó sobre ella la aprobación del Soberano, extendida en 14 de octubre de 1794, pero que se dio a conocer en Guatemala casi dos años cabales más tarde. La historia del periódico la encontrará el lector más adelante, bastándonos aquí con saber que cuando en vista de la buena acogida que aquél tuvo, Beteta quiso dar dos números al mes, tuvo necesidad de instaurar nuevas gestiones para ello, y que en 1798, a pretexto de escasear el papel con motivo de la guerra existente entonces con la Gran Bretaña, le fue notificado que suspendiese la publicación, y aún sobre ello hubo de obtener el beneplácito de las autoridades de la Península, quienes no desperdiciaron la ocasión para recomendar al Presidente que estuviese muy a la mira de que en el periódico no se insertasen noticias ni discursos que pudiesen ser perjudiciales a la tranquilidad de sus vasallos, ni a las buenas costumbres; y, finalmente, que no faltaron entre los primeros dignatarios del reino, incluyendo entre ellos a un arzobispo y a un oidor, quienes denunciasen el periódico de Beteta de atentatorio a las máximas de fidelidad al Soberano y hasta a las buenas costumbres.

Beteta para realizar su empresa, no sólo padeció por todo esto los disgustos que es de suponer, sino que también tuvo que renovar y aumentar el material tipográfico con que contaba. (216) En cambio, parece que la publicación [156] de la Gazeta le valió el que fuese condecorado con el título de impresor real, o por lo menos, del Gobierno de Guatemala. (217)

Desde 1792 debe también haber dispuesto de una prensa más grande que las que hasta entonces se usaban en Guatemala. (218)

Al día siguiente de declararse la independencia, Beteta llamó a su establecimiento «Imprenta de la Libertad.»

El taller estuvo situado en la esquina de la que es actualmente Séptima Calle Oriente y Callejón del Pino, y permaneció en funciones hasta la muerte de Beteta, ocurrida el 2 de septiembre de 1827, cuando contaba 70 años de edad. (219)

ALEJO MARIANO BRACAMONTE

(1789-1798)

Alejo Mariano Bracamonte y Lerín había comenzado a ejercer el oficio de tipógrafo, según él mismo ha cuidado de decirlo, «desde sus más tiernos años,» sin duda en la misma Guatemala y, probablemente, como oficial de la Imprenta de la Viuda de Arévalo. Sabemos también que le faltaban una mano a nativitate, y que cuando inició sus trabajos en el taller que llevó su nombre, estaba casado y con hijos.

Hay un impreso firmado por él en el año de 1786, (220) fecha que está evidentemente [157] equivocada, habiéndose deslizado en el respectivo colofón la errata de cambiar un 6 por un 9. Bracamonte, en efecto, como lo vamos a ver, sólo inició sus tareas de impresor en 1789. A instancias y ruegos suyos y compadecido de su situación, un comerciante español avecindado en Guatemala, llamado don José Baucells de la Sala, encargó a la Península una imprenta provista de todos sus útiles, que salió costando más de cinco mil pesos, y la puso bajo la dirección de Bracamonte, en condiciones que nos son desconocidas, pero que éste confesaba de «justas y equitativas». Seguramente, formaron una compañía en la que uno puso el capital y el otro su trabajo, con calidad de distribuirse las utilidades que produjese el negocio.

La imprenta estuvo ya montada a fines de 1789, pero antes de abrirla al público, Bracamonte se creyó obligado a solicitar la respectiva licencia del Gobierno, que instauró en 9 de enero de 1790, y le fue concedida después de varios trámites, entre otros, un informe del Cabildo y otro del asesor de la Presidencia, que le fueron ambos favorables. Mientras estuvo sin trabajar esperando la resolución de su instancia, Bracamonte recibía generosamente de manos de su socio Baucells lo necesario para alimentarse él y su familia.

Subsanado este trámite y después que hubo jurado ejercer su oficio «con la cristiandad y pureza que era obligado» y de defender el Ministerio de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora, Bracamonte, que se conoce tenía interés en aparecer como impresor cuidadoso y acreditarse así desde el primer momento, sacó de su prensa uno de los libros más esmeradamente impresos y hasta de lujo, podríamos calificar, que salieron de Guatemala: el Dictamen de don Manuel de la Bodega. (221) En su portada se puede leer que había sido impreso con superior permiso en la Oficina de las Benditas Ánimas -que tal fue su nombre- que dirigía don Alejo Mariano Bracamonte.

Otra muestra del empeño que éste manifestara por distinguirse en lo elegante y acabado de sus trabajos fue la innovación que introdujo de imprimir algunos de sus libros con portadas a dos tintas. (222) No tiene, pues, nada de extraño que desde un principio la nueva imprenta se viera con abundante trabajo, si bien, dadas las pocas personas que allí dieran movimiento con sus producciones a un taller tipográfico, Bracamonte se veía en el caso de afirmar, en 1792, que estaba «sujeto a una corta ganancia» y a la obligación de mantener crecida familia. (223)

Hubo, pues, de alarmarse cuando en 1792, su colega Beteta, a pretexto [158] de editar la Guía de forasteros, pretendió se le concediese el privilegio exclusivo para dar a luz los Almanaques, que él también publicaba.

De este incidente hemos hablado ya y aquí nos bastará con repetir el desenlace que tuvo, por el cual se amparó a Bracamonte y a la Viuda de Arévalo en la posesión en que se hallaban de publicar, por su parte, los Almanaques, si bien limitándolos a los de pliego extendido y reservando para Beteta los llamados de bolsillo, o sea, los que salían a luz en cuadernillos.

Continuó Bracamonte trabajando sin interrupción y dando a veces muestras de sus talentos tipográficos y del esmero que gastaba en su arte, (224) hasta principios de 1798, (225) fecha en que, seguramente, falleció, sin que jamás lograra adquirir la propiedad de la imprenta, que poco después compró, según es de creer, la Viuda de Sebastián de Arévalo. (226)

MANUEL JOSÉ ARÉVALO

(1803-1826)

Manuel José Arévalo era el segundo (227) hijo de Sebastián de Arévalo y de doña Juana Martínez Batres y había nacido hacia los años de 1737. (228) Aprendió el oficio de impresor al lado de su padre y con ese título se le ve figurar en 1788, (229) habiendo tenido desde un principio a su cargo el taller que por muerte de su padre regentaba su viuda la señora Martínez [159] Batres, quien, en 1792, decía, hablando de él, que era «maestro en el arte de imprimir.» (230)

Muerta su primera mujer doña Ana Dionisia Galiano el 19 de enero de 1803, y «teniendo, declaraba, que formar un capitalito libre, por si me conviene entrar a segunda nupcias,» procedió a levantar un inventario de sus bienes, en 6 de diciembre de aquel año.

En ese documento, después de avaluar la casa en que vivía en ocho mil pesos, añade: «Ítem, dos imprentas que eran de mi finada madre y compré en público remate en cantidad de cuatro mil pesos», las que tomaba para sí, y a renglón seguido iba a la notaría a extender carta dotal a su novia doña María Micaela Agüero, en la décima parte de sus bienes, o sea, en 805 pesos. (231)

Casose, en efecto, en 9 de diciembre de 1803, y en 22 de febrero de 1806 testó, legando la casa de su morada y la imprenta, ambas por su tasación, a su mujer y los hijos de su segundo matrimonio. (232)

Tenemos, pues, así, que la imprenta de la familia Arévalo, o las dos de que constaba, según la frase que acaba de leerse, habían pasado en remate público a ser de propiedad de don Manuel José Arévalo. Comienza el nombre de éste a figurar en la tipografía guatemalteca en agosto de 1802, (233) habiendo corrido hasta entonces la Imprenta por cuenta de la sucesión de la señora Martínez Batres, con el título de los «Herederos de Arévalo» y trabajando en ella Mariano (234) y Manuel de Arévalo, durante cuyo tiempo ocurrió la denunciación del oidor don Jacobo de Villaurrutia de que en el taller se había tirado subrepticiamente y vendido ejemplares de una obra suya, incidente de que damos cuenta más adelante. Adquirido en remate público el establecimiento por Manuel, continúa durante todo el período que abarca la presente bibliografía, y aún alcanza hasta 1826, habiendo muerto Arévalo a 24 de mayo de ese año. (235)

Estuvo situado su taller frente a la Casa de Moneda, (236) y los más notables trabajos que produjo fueron el [160] Sermón fúnebre de don Juan Félix de Villegas, predicado por don Antonio Larrazábal, e impreso en 1804; y la Relación de las fiestas y actos literarios de la Universidad en la proclamación de Fernando VII (1809).

LOS GRABADORES

Desde el mismo año en que se introdujo la imprenta en Guatemala comenzaron a insertarse en los libros que allí se daban a luz algunos grabados en madera, cuya procedencia es muy difícil de establecer, si bien es de presumir que fuesen llevados de la Península y con más probabilidad de México. (237)

Es posible, también, que algunos de los escudos de armas que figuran en los trabajos de José de Pineda Ibarra fuesen obra suya o de los plateros que había en la ciudad.

Baltasar España. -Es lo cierto que el primer grabado firmado que haya llegado hasta nosotros es de Baltasar España, y se ve en el frontis o anteportada de la Crónica del padre Vázquez, impresa en 1714. Está hecho en cobre y revela en su autor un buril no poco ejercitado. España debió ser el fundador de una familia de artistas, cuyo último representante tendremos ocasión de nombrar luego.

Blas de Ávila. -En 1739 aparece firmando en Guatemala una estampa en cobre, y en 1746 se insertó en una tarja de don Rafael Landivar (núm. 201) una lámina suya, también en cobre, de Santa Catalina. No aparece más trabajo alguno de Ávila.

José Valladares. -Inicia su carrera artística en Guatemala con la gran lámina en cobre que se halla en El Dolor Rey, impreso en 1759, y graba en el año siguiente, también en cobre, otra lámina no menor para el libro [161] intitulado Simbólica oliva de paz, que contiene la descripción de las honras hechas en Guatemala a Fernando VI en 1760. (238)

Pedro Garci-Aguirre. -En 22 de septiembre de 1778 fue nombrado ayudante de tallador de la Casa de Moneda de Guatemala, y servía entonces en ella, desde hacía dos años, el puesto de grabador, sin sueldo. Con ocasión de la muerte del propietario don Vicente Minguet, fue ascendido a ese cargo por título de 27 de agosto de 1783.

Garci-Aguirre fue, no sólo abridor de cuños, sino excelente dibujante y grabador de láminas y sirvió en Guatemala de maestro a varios jóvenes que llevaron el arte del grabado en Guatemala a un esplendor desconocido en todas las colonias hispano-americanas, si exceptuamos a México. Bajo su dirección y enseñanza se formaron José Casildo España, que empezó a dibujar en la Casa de Moneda en 1794; Francisco Cabrera y Narciso Rosal.

Garci-Aguirre fue nombrado director de la escuela de dibujo que la Real Sociedad Económica abrió en Guatemala el 6 de marzo de 1797, siendo todavía grabador principal de la Casa de Moneda y capitán de milicias de Zacatepeques. (239) A título de tal director, pronunció en la junta pública de la Academia de 25 de agosto de 1801, una oración que fue muy aplaudida de sus oyentes. (240)

Muchos de los libros publicados en Guatemala durante su tiempo salieron ilustrados con láminas en cobre debidas al buril de Garci-Aguirre, y obras suyas fueron muchas, si no todas, las medallas acuñadas allí para la jura de Fernando VII, y otras que el público y autoridades batieron en testimonio de fidelidad a ese monarca. Vivía, pues, y aún puede decirse que se hallaba en pleno apogeo de su talento en 1808. (241) No sabemos decir cuándo murió y si tuvo, por consiguiente, sucesor en su cargo de grabador antes de finalizar la dominación española en Guatemala. (242) [162]

Diego y Gonzalo Garci-Aguirre. -Hijos de Pedro Garci-Aguirre. Firman en 1789 las 27 láminas que adornan la Descripción de las exequias de Carlos III.

José Casildo España. -Nació en Guatemala en 1778 y sospechamos que debía ser hijo del escribano receptor José María España y emparentado con el canónigo don Juan Manuel España.

Empezó a dibujar en 1794, en la Casa de Moneda, bajo (243) la dirección de Garci-Aguirre y tomó el buril a fines de 1799. Su primer trabajo formal de grabado fue la lámina que se puso al frente de la tarja de don Manuel José de Lara, en marzo de 1801, que copió del primer tomo de Buffón. «Distinguido por su aplicación extraordinaria, decía la Gazeta, al dar cuenta de su primer grabado, ha copiado antes ejemplares de muy buenos autores, con pluma y tinta, que, a juicio de los conocedores, prueban delicadeza, mucho gusto y las demás calidades que anuncian un artista hábil.» En ese entonces España había sido ya premiado con medalla de oro por la Academia de Dibujo. [163]

La segunda obra debida al buril de España fue el retrato de Carlos IV, que presentó en octubre de aquel mismo año. «Representa al Rey, Nuestro Señor, decía la Gazeta, en traje heroico, sobre su trono. Guatemala personificada en figura de una deidad, está hincada delante, en acción de presentarle un medallón de su retrato. Sobre un pedestal, al respaldo de esta figura, hay una estatua con otros atributos académicos, y la inscripción dice: Guatemala a Carlos IV, padre de las ciencias y protector de las artes

España siguió trabajando hasta 1811, al menos tal es la fecha que lleva la tarja de Ruiz de Bustamante (n. 1758) en que se encuentra un grabado suyo. Una de sus obras más interesantes es el «Plano general de la ciudad de Guatemala.» (244)

Hijo suyo creemos que fue Apolinario España, a quien se debe el primer ensayo al agua fuerte, de que se valió para su mapa de Istapa, grabado en 1835.

Juan José Rosales. -Comienza por grabar en cobre una estampeta de la Inmaculada, en 1792, y dos años más tarde ilustra con varias láminas. [164] alegóricas las Reales exequias de Carlos III y la proclamación de Carlos IV, celebradas en Granada de Nicaragua. La última obra suya que conocemos, es de 1801. (245)

Francisco Cabrera. -Nació en 1782, y fue discípulo también de Garci-Aguirre. Cuando contaba apenas diez y nueve años, había obtenido la medalla de oro en la Academia de Dibujo. «Era singular, según expresa la Gazeta, en el dibujo de pájaros y flores y en copiar estampas de pluma y tinta, como si fuera con buril». Su primer trabajo que se registra en esta bibliografía, -el escudo de armas del Cabildo Eclesiástico,- lleva fecha de 1804, y el último, de 1820, es un magnífico retrato de don Antonio Croquer y Muñoz, con su escudo de armas y leyendas. (246)

Narciso Rosal. -Discípulo, igualmente, de Garci-Aguirre, estudiaba bajo su dirección en 1801. (247)

Para dar fin a esta reseña de los grabadores guatemaltecos discípulos de Garci-Aguirre, sólo nos resta que transcribir lo que acerca de ellos refiere Salazar: «El día 6 de marzo [de 1797] la Sociedad Económica establecida por los hombres más distinguidos del país y que tanto se afanó por el progreso de la industria, de las ciencias, de las letras y de las artes, fundó bajo la dirección de don Pedro Garci-Aguirre una escuela de dibujo, que debía ser semillero de artistas muy distinguidos. El público acogió gustoso [165] aquella creación, pues al año concurrían a la escuela 77 alumnos, que habrían podido llegar hasta 300, según informaba el secretario de dicha corporación don Sebastián Melón y Codes, si la casa en que entonces aquella sociedad celebraba sus sesiones hubiera sido más extensa.

«Discípulos de Garci-Aguirre fueron nuestro famoso miniaturista Cabrera, que murió ya entrado el presente siglo, en el mismo año que José Batres y Montúfar; Casildo España, excelente grabador, que fue empleado en la Casa de Moneda, que dejó un hijo que cultivó su mismo arte y de cuya familia subsisten aún dos viejecillas con las que se extinguirá aquella familia simpática para el arte en Guatemala. También concurrió al taller de Garci-Aguirre el que después debía ser maestro Rosales, de quien es el cuadro de la Crucifixión que se encuentra en la iglesia catedral en la primera capilla de la nave izquierda y que, sin disputa, es una obra de mérito.»

«En el año de 1801 hubo exposición de pinturas y esculturas trabajadas por los discípulos de Garci-Aguirre. Francisco Cabrera, el primero y más talentoso de ellos, expuso un retrato de Carlos IV, tan perfecto y acabado, que Garci-Aguirre, haciendo su examen y crítica de él, dice que «daría fama a su autor, si ya no le tuviese por otras obras, entre las cuales debe distinguirse una colección de pájaros copiados del natural, al temple, sobre papel, en que los colores están expresados con delicadeza, y las actitudes con naturalidad, gusto y maestría de pintor que promete cosas mayores.»

«El maestro no se equivocaba en estos juicios, pues efectivamente Cabrera llegó a ser un gran pintor, elogiado por propios y extraños.»

«Casildo España presentó en la misma exposición una matrona sentada dando de mamar a un niño y que mereció elogios de la prensa. Su maestro dice de él lo siguiente: ‘el estilo del joven España es singularmente dulce. Su genio es de sobresalir en las representaciones humildes y pacíficas; excelente para la pintura de bellezas y objetos campestres, y para aquel dulce melancólico de los paisajes rurales, que ha dado reputación a la escuela Bátava.’ Narciso Rosal contribuyó a aquel certamen no más que con una copia de un cuadro de Greuse, hecho a pluma y con tinta, que el crítico de arte que analiza los cuadros presentados, elogia con entusiasmo, terminando por decir que quien ha copiado aquel cuadro de una manera tan perfecta y siendo tan joven, podrá sin duda con el tiempo inventar semejantes escenas, cuyos originales es de desearse que se tomen de nuestras costumbres.»

«Figuraron también en aquel certamen obras de Francisco Rendón, Ignacio del mismo apellido, Miguel Rivera, Hipólito Valverde, que, según parece, tenía grandes aptitudes para la pintura, Juan Bautista Meza, Rafael Beltrán y otros.»

«Martín Abarca presentó entonces una estatua de Vulcano, en acción de dar con el martillo sobre un yunque. Esa obra le valió el primer premio, porque era el primer discípulo de la escuela.»

«Cesáreo Fernández exhibió un busto de Gedeón. Teodoro Flores, otro de Minerva; Patricio Díaz, tres medios relieves; José Bejarano, dos medallones en yeso de Trajano y Vespasiano; y, por último, el joven España de quien ya se ha hablado, presentó una lámina grabada en dulce, cuya inscripción decía «Guatemala a Carlos IV, padre de las ciencias y protector de las letras». [166]

«Aquella escuela floreció y dio frutos. En el año de 1808, los jóvenes de quienes he hablado se habían convertido en maestros, y exhibieron su genio y sus habilidades con ocasión de las suntuosas fiestas que se celebraron en esta capital con motivo de la jura de Fernando VII.

«Aún se conservan en el Ministerio de Relaciones Exteriores unas planchas en cobre, grabadas prolija y artísticamente y que representan los cuadros colocados en aquellos días sobre los templetes y demás lugares públicos en que se celebraron las fiestas». (248)

___________

Guatemala es uno de los pocos pueblos hispano-americanos que ha conservado, puede decirse, íntegros los archivos coloniales, y si no hubiera sido por las calamidades (249) que en distintas épocas la han afligido, era de asegurar que su documentación sería completa. Merced a esta circunstancia y a las facilidades que para su consulta se nos proporcionaron por las autoridades y particulares, de que nos complacemos en dar aquí público testimonio, hemos adelantado hasta donde nos fue posible la investigación documental del tema que motiva este libro. Estamos ciertos, por eso, que muy poco más podrá avanzarse en adelante sobre los datos que consignamos, especialmente respecto a los impresores que allí actuaron durante el período que historiamos. En cuanto a la parte bibliográfica misma, se han escapado a nuestras descripciones, sin duda alguna, almanaques, catones, catecismos y novenas, que por su índole, ya de estudio, ya de uso para las escuelas y niños, ya de aplicación del momento, no han sobrevivido al tiempo.

Antes de que estableciera la imprenta en Guatemala, no faltó quien escribiera allí libros, algunos de los cuales sólo en nuestros días han visto la luz pública. Inédito y, según parece, perdido ya, es uno a que se refiere el siguiente documento, cuya noticia al menos conviene salvar del olvido:

«Señor. -Estando para enviar en esta ocasión al Real Consejo de Indias dos de los libros que, como he escripto a Vuestra Majestad, tengo escriptos para que se viesen en él, y pareciéndome que serían útiles y provechosos al bien de los naturales de estas partes y servirían de luz a los obispos y vicarios de ellas, como por mis cartas tengo dicho, se sirviese de dar orden que se imprimiesen, como la majestad del rey nuestro señor, don Felipe Tercero, me lo había prometido se haría por carta suya de veinte y cinco de agosto de mil seiscientos veinte años, me hallé sin dinero para esta impresión, y, por otra parte, tengo por muy dificultoso el poderse hacer sin asistencia mía, y así me ha parecido suplicara Vuestra Majestad, como lo hago, se sirva de hacerme merced de concederme la licencia que otras veces tengo pedida para ir a esos reinos para este efecto, y que, si constare, [167] como confío en Dios, constará de la utilidad que ellos, si se imprimen, ha de resultar al servicio de Dios y de Vuestra Majestad y bien de los naturales, me la haga también de que a su costa se impriman, pues yo no tengo caudal para ello; y en caso que Vuestra Majestad no se sirva de hacérmela en lo uno ni en lo otro, enviaré en la flota del año que viene estos libros y lo demás que tuviere escripto, para que de ellos se haga lo que fuere servido, que si no los envío al presente, es no sólo por la razón dicha, sino también porque me ha costado el hacerlos trasladar muchos ducados y temo perderlos en la mar, por las nuevas que aquí hay de haber enemigos en ella.

Guarde Dios la católica (250) y real persona de Vuestra Majestad muchos años, con tanto acrecentamiento espiritual y temporal y augmento de reinos y estados como deseo, para el bien de la Iglesia y exaltación de la fe. De Guatimala, 8 de junio de 1622 años. –El Deán don Philipp Ruiz de Corral. -(Rúbrica)».

«Decreto del Consejo. -29 de mayo de 1623. Que los envíe, como lo ofrece».

(Archivo de Indias. -65-I-14).

Esta sería, también, la ocasión de dar cuenta de las disposiciones españolas vigentes entonces respecto a la publicación de libros, tarea de que nos excusa el haber tratado ya el punto en otras de nuestras bibliografías hispano-americanas. No podemos menos, sin embargo, de llamar la atención del lector hacia un documento relativo especialmente a Guatemala, en que se hallan consignadas las prácticas seguidas allí en el último cuarto del siglo XVIII en cuanto a las formalidades a que estaba sujeta la publicación de libros. (251)

Para terminar, sólo nos resta dar noticia de los que nos han precedido en el estudio de la bibliografía guatemalteca, haciendo caso omiso de los autores que sólo por incidencia han mencionado una que otra obra de aquella procedencia y de los catálogos de libros en los que de cuando en cuando han solido aparecer anunciadas dos o tres.

Acaso corresponda la primacía en este orden, sin que podamos asegurarlo, pues no hemos visto la obra que escribió y no sabemos si en realidad se enuncian en ella algunos libros impresos en Guatemala, al Padre Juan de Cartagena, que publicó en México, en 1747, en un cuaderno en 4º, La Santa Iglesia de Guatemala, madre fecundísima de hijos ilustrísimos. (252)

El P. Cartagena nació en México en 1704, y habiendo ingresado a la Compañía de Jesús, fue enviado a Guatemala, donde enseñó la filosofía y sirvió el rectorado del Colegio de Ciudad Real de Chiapa. Falleció en su patria en 1758. [168]

El padre franciscano fray Antonio Arochena, natural de Guatemala, lector jubilado en su Provincia del Santísimo Nombre de Jesús y doctor teólogo por la Universidad de San Carlos, escribió y no se sabe hoy de su paradero, el Catálogo y noticia de los escritores del Orden de San Francisco de la Provincia de Guatemala, con tres índices: 1. De los que escribieron en latín. 2. De los que escribieron en castellano. 3. De los que escribieron en lengua de los indios M. S. -De este libro, dice Beristain, se aprovechó el ilustrísimo Eguiara para su Biblioteca; se lo remitió el reverendo padre fray Marcos Linares, provincial de aquella provincia. Hasta el año de 815, concluida ya esta Biblioteca, no llegó a mis manos; y algo me sirvió. (253)

Eguiara dio noticia de unos cuantos escritores guatemaltecos en la parte que alcanzó a publicarse de su Biblioteca, y en sus borradores apuntó los nombres de otros; pero es a Beristain de Sousa a quien corresponde la honra de haber catalogado muchos más, dando cuenta de trabajos impresos y manuscritos, y hasta ahora su libro ha estado sirviendo casi de única fuente para el estudio de esa parte de la bibliografía hispano-americana.

Tomando por base su obra y el examen de algunos títulos que pudo consultar en nuestra biblioteca, don Juan Enrique O’Ryan publicó en casa, en 1897, un breve extracto sobre la materia con el título La Imprenta en Guatemala. (254)

En Guatemala, Juarros había dado ya noticia de algunos escritores en 1808, que fueron ampliadas por García Peláez; (255) y don Martín Mérida imprimió, sin que llegara a circular, el Origen de la Imprenta en Guatemala. Su desarrollo hasta la independencia. (256)

Se han publicado también allí algunos artículos sueltos en periódicos o diarios de la localidad, ya sobre el origen de la imprenta, ya sobre algunos escritores en particular; (257) pero a todos ellos superó el Desenvolvimiento intelectual de Guatemala de don Ramón A. Salazar, en el que con estilo lleno de colorido y en vista de los libros mismos dio un catálogo de escritores y analizó algunas de sus obras, pero sin propósito netamente bibliográfico.

El período que abraza nuestro trabajo queda ya indicado en su título, siendo sí de prevenir que termina en el 16 de septiembre de 1821.

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